El pasado sábado, en Martín Coronado, el trabajador de seguridad privada Ramón de Jesús Quintana (68) encontró la muerte cuando evitó el robo de un vehículo de un vecino, salió de su garita y se enfrentó a tiros con dos “motochorros”. Quintana murió en el acto de un tiro en la cabeza (Nota publicada en Agencia Comunas)

Pero tenemos que contextualizar el lamentable hecho. Esto se debe a la creciente inseguridad que se vive en nuestro país, con picos en el conurbano bonaerense, en momentos de una gran crisis económica, atravesada por ajustes permanentes, caída del salario real, miles de despidos, y la mayoritaria sensación de que se va a estar peor.

La percepción que se gobierna sólo para los ricos, y una desesperanza que inunda a los hogares argentinos. Esto sin dudas es un caldo de cultivo para el aumento de los delitos violentos en momentos de mayor desigualdad.

“Nosotros nos enfrentamos a diario con este desolador panorama y debemos custodiar a personas y bienes. Nos ubican en una peligrosa línea de fuego. Pero el análisis estructural de la situación que vive nuestra sociedad en su conjunto no nos debe hacer olvidar lo que vive en particular nuestro sector”, remarcan desde el Sindicato Unidos Trabajadores Custodios Argentinos (SUTCA).

Además agregan que su actividad “es de riesgo, pero paradójicamente tenemos jornadas laborales mayores a la media, que promedian las 12 horas diarias con un franco semanal, a lo que hay que sumar el promedio de entre 3 y 4 horas más para llegar al puesto de trabajo y para regresar a nuestros domicilios, lo que suma que estamos fuera de nuestras casas entre 15 y 16 horas diarias. Es decir, nos quedan solo para alimentarnos, higienizarnos y compartir con nuestras familias solo entre 8 y 9 horas. A esto se suma los salarios magros, por debajo de la línea de la pobreza… de más está decir que esto atenta contra una efectiva labor, ya que el cansancio nos impide contar con la atención necesaria para desplegar nuestras tareas”.

La falta de capacitación es otro problema que atraviesan los trabajadores del rubro, ya que el sector empresario la toma como un gasto y no como una inversión. La falta de prácticas, en muchos casos el armamento obsoleto y el trabajador sin chalecos antibalas. Esto sumado a la maratónica sucesión de días y horas sin descanso como manera de garantizar las exorbitantes ganancias para los empresarios, ponen siempre al filo del abismo sus vidas.

Le tocó a Ramón Quintana, y no es una estadística; son vidas, son sueños, son hijos y padres, son familias destruidas. Sólo algunos ejemplos más: José Luis Zamora (27) quiso evitar un robo en una estación de servicio y fue asesinado en marzo del 2014: Roberto Ojeda (41) intentó evitar un robo en una heladería de Sarandí, fue asesinado en abril del 2018; Claudio Pecci (41) prestaba servicios en el country Los Fresnos, intentó identificar a un grupo de delincuentes que ingresó al predio y fue asesinado de tres balazos en marzo del 2017; Marcelo Cardozo (40) intentó evitar el robo en el negocio de lotería donde trabajaba en Almirante Brown, lo asesinaron con dos tiros por la espalda en mayo del 2018; Juan Álvarez (57) quiso frustrar un asalto en un Supermercado de Quilmes, asesinado a balazos en enero de 2011; Fabián Nievas (32) fue asesinado en el robo a una mueblería en Lanús. Fue en diciembre del 2017. Luis Luján (35), asesinado en un intento de robo en el Carrefour de Godoy Cruz, Mendoza, en enero de 2017; Oscar Arguello (41), asesinado al intentar impedir un robo en una agencia de turismo en pleno centro porteño; Ricardo Luna (29) estaba haciendo los recorridos de rutina en la Parroquia Virgen Inmaculada en Villa Soldati y nunca regresó a su hogar, cuando lo fue a buscar su esposa estaba ensangrentado y muerto en el suelo.

“¿Cuántas muertes se podrían haber evitado con capacitación? No sabemos, pero seguro que muchas sí. Es por esto, por estas familias, que insistimos en la necesidad de reforzar urgente la capacitación”, finaliza un comunicado difundido por el SUTCA.