Hoy, aunque en extrañas circunstancias causada por la Emergencia Sanitaria en el marco de la pandemia por el Coronavirus, los Trabajadores y Trabajadoras festejamos nuestro día.

La persistente campaña de los grandes grupos económicos, de los sectores de la bicicleta financiera y de sus voceros en insistir con la necesidad de contar con un Estado reducido a su mínima expresión choca hoy con una realidad inapelable: es un Estado Nacional fuerte el único garante de una equitativa distribución de la riqueza. La falacia del libre mercado llegó a su fin. En una alocada carrera los privilegiados de siempre no están dispuestos nunca a perder, aunque con esa actitud empujen al abismo y la desesperación a millones de personas. Ahora activaron su maquinaria mediática para impedir que el Congreso sancione una ley que los obligue a pagar un pequeño tributo por única vez. No están dispuestos a tolerar la menor pérdida.

En una economía totalmente paralizada, los precios no paran de subir, los empresarios desde sus grandes mansiones no paran de exigir más precarización laboral y rebajas salariales. Nunca fuimos socios en las ganancias, pero en momentos de menor rentabilidad pretenden que seamos socios de las pérdidas. Sube la canasta básica, los medicamentos, los artículos de limpieza, la telefonía celular, internet… Pero están congeladas las tarifas de los servicios públicos, el combustible y del dólar para las importaciones está estable. ¿Cuál es el componente que permite esa variabilidad en los precios? Ninguno, solo la voracidad insaciable de un capitalismo salvaje que ya demostró ser incapaz para ofrecer dignidad a los pueblos.

En tiempos en donde es el Estado el que garantiza a las empresas el pago de salarios, con transferencias directas y reducciones de aportes patronales, es hora de redefinir toda la economía nacional y ponerla al servicio del pueblo. No puede ser que un puñado de especuladores hagan añicos mes a mes nuestros salarios. Es el Estado el que debe dirigir la economía.

“Lo que yo nunca le voy a perdonar a Perón es que durante su gobierno y luego también, el negrito que venía a pelear por su salario se atrevía a mirarnos a los ojos. ¡Ya no pedía, Discutía!” (Robustiano Patrón Costas). Esta célebre frase, escupida por el odio oligárquico, es tal vez la metáfora del comienzo de la embestida contra los Sindicatos en la Argentina. A lo largo del siglo anterior y lo que va de este nunca cesó, pero tuvo saltos significativos en las dictaduras cívico militares y en el gobierno anterior, surgido por el voto popular pero comandado por la misma pata civil de todos los gobiernos de facto. Lamentablemente este predicamento en contra de las organizaciones gremiales encontró eco en sectores populares. Los victimarios lograron así trasladar parte de su ideología a sus víctimas. De esta manera los ricos, los dueños de todo, se vuelven más poderosos.

Esto no significa desconocer que hay buenos y malos dirigentes gremiales. Corruptos y honestos también. De la misma manera que hay buenos y malos médicos, enfermeros, compañeros. Pero nadie discutiría la necesidad de un médico. Nosotros entonces no podemos discutir la importancia y la centralidad de los Sindicatos en la defensa y conquista de derechos.