‎La brecha que existe entre el salario de un trabajador de la seguridad y la necesidad fundamental de cubrir algo tan básico como los alimentos de una familia es abismal. Si tomamos las cifras del INDEC, necesitaríamos $26.850 además de los $38.500 que cobra un vigilador para alcanzar la canasta básica de $62.958 informada el pasado abril, que hoy con la inflación de mayo del 3,8%, ronda en los $65.350.

Para llegar a este objetivo, lejos estamos de la paritaria del 55% que piden algunos sectores que desde el interior pretenden ganar una lucha que debe darse en Buenos Aires donde se encuentra el epicentro de la discusión y así lograr una reconstrucción real de la problemática con un federalismo más sólido; y muchísimo más lejos todavía estamos del 39% en cuotas que ofrece la cámara empresarial. A su vez, los ítems no remunerativos que hoy en día representan el 20% del salario, tendrían que estar incluidos dentro del básico ya que los mismos no son tenidos en cuenta ni para el cálculo de horas extras ni para el aguinaldo, además de ser descontados ante cualquier enfermedad del trabajador o inclusive cuando goza de sus vacaciones, ya que el convenio estipula el pago de ítems no remunerativos solo para los días efectivamente trabajados. Además, la recomposición del salario deberá ser toda junta, con una cláusula de revisión por inflación y no en cuotas como ofrecen los empresarios. Y algo fundamental en la discusión paritaria es que debe estar presente la exigencia al sector empresarial para que provea las vacunas para los trabajadores.

En el contexto actual, casi suena descabellado que un sector logre una paritaria del porcentaje que necesitan los vigiladores, pero la realidad de los trabajadores de seguridad lo exige y lo amerita. Lo exige porque estamos hablando de una recomposición salarial que implique cubrir la canasta básica de alimentos, ni siquiera estamos planteando la necesidad de cubrir gastos de indumentaria o de alquiler de una vivienda que de por si son también necesidades básicas y fundamentales, solo estamos exigiendo la necesidad de alimentar a nuestras familias todos los días. Lo amerita porque la seguridad privada fue y es una actividad crítica, estratégica y esencial durante toda la pandemia, pero parece que solo somos esenciales para las obligaciones y descartables para los derechos: descartables para un salario digno y para ser tenidos en cuenta al momento de incluirnos en el plan de vacunación.

El colapso sanitario y económico en la seguridad ya es un hecho, a este paso nos encontramos caminando directamente al abismo dónde nos espera la catástrofe absoluta, no solo para el trabajador, también para la actividad misma, por eso necesitamos recuperar la esencia del sindicalismo en el sector, necesitamos una conducción gremial joven pero con experiencia, fuerte, sólida, plural, con gestión y proyectos que sustituya a las actuales conducciones débiles, obsoletas y personalistas, o aquellas que creen que pueden salvarse solos. Hoy, el camino es todos juntos. Hoy, nadie se salva solo.